“Hay pequeñitos espacios

como estaciones antiguas

donde los trenes dejaron para siempre

un olor a humedad y espesura

un silbato de lobos

despedazándose en el eco “

(Espacios, en :  DE CUANDO MIRABAMOS)

Después de varios años en Santiago , y viajando constantemente al Norte desértico, he vivido una especie de “fiesta del verdor”, desde Contulmo hasta Lonquimay. Este último pueblo era punta de rieles el año que lo conocí. Mi hermano Fernando  nos tomó una foto a Raquel y a mí afirmados en una cerca. Entonces no pasábamos de los 25 y yo aparezco  reclinado en ella, muy confiado, mientras ella  aparece casi protectora.

lonquimay

Quiso el destino que de nuevo fuera Fernando quien nos tomara una foto ahora, casi 35 años después,   pero  donde  parece que  fuera ella quien descansa en mí : las imágenes no siempre cuentan las historias como han sido.

linquimay

MANZANAR tiene una estación  de ferrocarril maravillosa, que han intentado conservar como parte del patrimonio cultural y como testimonio de una época floreciente . cuando la zona bullía en un movimiento incesante de carga y descarga de maderas, animales, mercaderías y pasajeros al ritmo incesante de las locomotoras a vapor  y los pitazos que soltaban los maquinistas , algunos en clave para que sólo pudieran decifrarlos las enamoradas de cada ramal   .Un tiempo de frenesí, cuando las cuadrillas de trabajadores abrieron a puro ñeque  esa obra monumental que se llama túnel las raíces y que buscaba conectar a Chile con Argentina a través del paso fronterizo     PINO HACHADO.  Todo quedó en nada y después ya saben lo que pasó,  alguien dio la orden de desmantelar  el ferrocarril y dejar que el transporte  de buses y camiones  resolviera la necesidad:  “el mercado es cruel”, dijo alguien .

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Otras estaciones  de la zona, todavía en pie, permiten   caminar con nostalgia por sus andenes. ¿Hay algo más nostálgico que un andén semidesierto?  Recuerdo que en Curanilahue muchas personas iban de paseo a la estación   a la hora en que salía o llegaba el tren.  A  veces no tenían a quién ir a despedir o a recibir, pero iban, en una especie de romería,  y paseaban  o se sentaban  en unas bancas de madera y fierro  en el andén,  tal como lo hizo, en su apogeo, nuestro querido poeta Jorge Teillier:

Con un amigo espero la pasada

del Expreso de las 23,15

ese tren fugaz como botella de vino

en manos de mi amigo y yo.

(…)

mi amigo habla de una muchacha

a la que espera ver a la pasada del Expreso.

Yo no espero ver

sino esas sombras que recorren los cercos

No espero escuchar sino esos pasos

que vienen desde el aserradero incendiado.

No espero ver sino los pedazos de botella

que la luna hace brillar entre los rieles,

y no espero oír

sino los maullidos del gato perdido entre los geranios

llenos de hollín

que cuidara la hija enferma del guardacruzadas”.

 en : Los Trenes de la Noche

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Pero el color del viaje fue el verde, siempre el verde , en sus distintos tonos,como recién florecidos en la huerta;  y  el sonido fue el de las aguas , corriendo  atolondaradamente entre las piedras y las raíces, yéndose vertientes abajo, formando caudales  inmensos  que saltaban desde gran altura hacia los pozones y los ríos ;  el agua, cantando a todo pulmón, cruzando sombras y  trigales. De regreso, sin embargo, el fuego venía pisándonos los talones , comiéndose  los bosques y matorrales para vomitarlos después con un olor a chamusquina.

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Un viaje breve como para “mojarse los pies”, habría dicho mi viejo cuando  las vacaciones ya se terminaban  y no habíamos salido de la casa ; un viaje que me obliga a releer RANQUIL, de Eduardo Lomboy,  novela sobre uno de los últimos levantamientos en armas de campesinos pobres y mapuches  de Lonquimay y alrededores que terminó con una matanza por parte del Estado chileno en 1935.  Casi obsesionado por la lectura de aquella novela, que coincidió con mi primera visita al lugar, presioné a nuestro anfitrión, Don Raúl Catalán , para que me llevara a conocer los lugares mencionados en la novela y me contactara con algunos ancianos que habían sido protagonistas de los hechos. Así fue, pero no sé adónde fueron a dar los manuscritos de las entrevistas y mis notas.  Precisamente  a esos lugares voy caminando, en esta foto, junto a mis padres, a fines de los ’70.

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