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Francisco Ruiz Burdiles » 2008 » febrero

Archivos de febrero, 2008

28
Feb

El poeta minero Hugo Salgado

   Posted by: ferruiz   in Sin categoría

La primera obra de Hugo Salgado se llama “Castaño Gris”. Es un poemario del cual no quedan ejemplares, pues los que se editaron y publicaron (100) se agotaron rápidamente y no fueron reimpresos. Eso ocurrió hace casi 10 años, cuando la última crisis del carbón se avecinaba y estaba fresco el recuerdo de la tragedia ocurrida en la mina El Castaño, en Curanilahue. Lo que vino después es conocido: las minas y pirquenes fueron cerrando una tras otra y los mineros quedaron dando vueltas sin saber muy bien adónde ir. Hugo y cientos de mineros desempleados se fueron a Santiago, buscando otra oportunidad. Durante los primeros meses esperaron con nostalgia el llamado de los parientes, indicándoles que se reabrían los socavones; después de un par de años asumieron con valentía su condición de provincianos en la capital de este Chile que se moderniza y se interconecta con tanta velocidad.

 

Recuerdo muy bien a Hugo Salgado : llegó a mi casa una tarde para saber si yo podía ayudarle a escribir poesía. Le habían dado el dato de “un profe que escribía poesía”. Venía con su ropa de trabajo y la cara tiznada; venía de la mina. Al mirar sus pequeños ojos , oscuros y risueños , me di cuenta de que terminaría irremediablemente atado a su ilusión; por eso puse a su alcance libros de poesía y le di una que otra clase práctica de escritura. Pero jamás le enseñé a escribir poesía, porque él no necesitaba esa ayuda. Las musas lo escoltaban por túneles y revueltas como ahora deben escoltarlo en el metro y los ruidosos microbuses de la capital. Había que verlo leyendo cuentos, poesías y novelas; había que verlo, pegando sus poesías en el mural de las informaciones de la pequeña empresa minera en la que trabajaba. “Me los sacan y los botan, otros se ríen”; me dijo una vez, con una semi sonrisa en la que se adivinaba su decisión inquebrantable de seguir pegándolas. Pero después lo empezaron a leer y todos terminaron por darle el reconocimiento de poeta. Así fue como publicó CASTAÑO GRIS, y en la sala en que lo presentamos había una mezcla de estudiantes, escritores, mineros y patrones. A ninguno se le hubiera ocurrido reír; más bien hubiésemos llorado de emoción.

 

Ahora Hugo me ha llamado desde Santiago. Trabaja como empaquetador de una tienda de artículos de librería. Me cuenta que sigue escribiendo y que se ha inscrito en la sociedad de escritores de Chile. Bien por Hugo, que sigue rodeado de musas; bien por Hugo, que ama la belleza y escribe poesías para que no lo aplaste el túnel de la soledad ;bien por Hugo, que cuando recibió su pequeña indemnización por el cierre de las minas se compró una máquina de escribir “para que me queden más lindas las poesías “.

 

Este conjunto de poesías resumen casi toda su obra. “Se las mando para que me dé su opinión y me escriba algunas notas, profe” ¿Qué quieres que opine, poeta? Ya sabes que eres uno de mis escritores favoritos. No quiero decir por qué. No soy un especialista en literatura ni me interesa desarmar nada. Dejémoslo así: me encanta leer tu poesía . Y en relación con unas notas, es un honor referirme a ti.

 

(prólogo al poemario ALMA MINERA, CURANILAHUE, 1999)

28
Feb

La Crísis del Carbón: Un fantasma siempre presente

   Posted by: ferruiz   in Sin categoría

La crisis del carbón en el golfo de Arauco era esperada. La explotación de este mineral estuvo siempre ligada a períodos de crisis donde la inseguridad laboral determinó una cultura minera expresada en “vivir el momento”, sin planificar mucho el futuro, sin esperar demasiado. Las calles, las construcciones, e incluso las relaciones de pareja están, en gran medida, construidas sobre la incertidumbre . Cultura que tiene ribetes dramáticos por las constantes muertes en los túneles y que agrega a la vida cotidiana una evidente fragilidad y sentido de fugacidad.

Cuando se descubría un yacimiento grande, se instalaba un campamento y se iniciaban las explotaciones En torno del mineral crecía el campamento minero; en algunos casos crecía tanto que había que instalar tiendas, mercados, escuelas, una estación de carabineros y otros servicios hasta convertirlo en comuna (el caso de Curanilahue). Pero cuando venían las “crisis”, los propietarios cerraban los yacimientos y los trabajadores desarmaban o cerraban sus casas para irse a otros lados a buscar trabajo. A veces sus mujeres e hijos los quedaban esperando por años, sin volver a saber de ellos. Hasta que se reabrían las minas y nuevos contingentes de trabajadores aparecían por los minerales. En ocasiones llenaban el vacío dejado por aquel jefe de hogar que nunca volvió, o que volvió años después y los encontró instalado en su familia. Hay ejemplos de campamentos, poblados que eran pequeños pueblos, con escuelas, postas de salud, retén de carabineros, oficinas, comercio e infraestructura , que un día, ante la crisis fueron abandonados, quedando hoy en su lugar sólo son una mancha de pino insigne en medio de los bosques adquiridos por las empresas forestales ; Pilpilco y Plegarias son un par de ejemplos emblemáticos. De este modo, dejamos en claro que la “crisis” no es una cuestión de ahora, sino que ha sido permanente y que siempre estuvo ligada al costo de extracción del carbón versus el precio de venta del mismo. Si el precio de venta era alto, valía la pena extraerlo, pero si bajaba el precio, era preferible cerrar las minas.

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28
Feb

Vivir en Curanilahue

   Posted by: ferruiz   in Sin categoría

Vivir en CuranilahueSupongamos que llegaste a Curanilahue viniendo desde el Norte, que al tomar la recta por donde se entra al pueblo viste esos montículos humeantes de tosca, tierra y carboncillo acumulados que parecen esperar el camión de la basura, pero que en verdad no esperan nada, sino que están allí desde quién sabe cuándo. Supongamos que miraste las habitaciones de madera, esas como cajoncitos descuadrados que desfilan desacompasadamente hasta el fondo del valle, donde se encumbra el caserío verdadero con sus colores desgastados, retorciéndose en las callejuelas, subiendo y bajando, haciéndose a ratos menos nítido por culpa de esa especie de bruma que en realidad no es bruma, sino humo espeso saliendo de los cañones de lata de las cocinas a leña y carbón de piedra, dejando en las gargantas un sabor a gris, porque, justamente, fue la palabra GRIS la que se te vino a la mente cuando tomaste la recta por donde se entra al pueblo y pensaste “¿cómo puede esta gente vivir en un pueblo así?”

Supongamos, ahora, que no llegaste del Norte, sino de más al Sur; precisamente de las montañas de Nahuelbuta, ese cordón que pasa al fondo de Curanilahue, que luego se agiganta y luego adelgaza y luego sigue subiendo por un sendero de avellanos, insectos y araucarias. Que venías de allí y que en uno de esos cortes, como precipicio, que tiene en sus curvas el sendero , te detuviste a descansar y viste allá abajo algo como una mancha clara en medio de los pinares; una mancha que después de reanudar la bajada estalla en miles de colores hasta que puedes distinguir las casas verdes , café o amarillas, pero casi siempre verdes y sigues bajando , ahora cada vez más rápido, mientras escuchas el golpe de un martillo sobre el yunque, los ladridos repetidos, los motores, las sirenas que con su sonido de urgencia anuncian el cambio de turno en las minas de carbón y te imaginas a la multitud de niños jugando y riendo, a las mujeres gritándose algo mientras estrujan las ropas en los lavaderos colectivos, a los hombres saludándose como si pelearan para hacerle engaños a la ternura y entonces te animas y picoteas con fuerza a los bueyes para entrar al pueblo justo cuando las ampolletas del alumbrado público se encienden, tu corazón se sobresalta y no puedes evitar gritarle a quienes van contigo en la carreta “Ah, ¿cómo será vivir en Curanilahue?”

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