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Francisco Ruiz Burdiles » 2011 » diciembre

Archivos de diciembre, 2011

10
Dic

UNA CALLE LARGA Y SIN PAVIMENTAR

   Posted by: francisco   in Sin categoría

 

 

 No muevas  las piernas, Francisco” , dijo una voz,  pero  no pude ver el rostro del que hablaba  Volví a caer  en un sueño del que cada cierto tiempo retornaba sólo a medias. La voz estaba de nuevo reclamando porque movía las piernas. Ahora pude ver  su rostro, de perfil, mientras  escuchaba un  ruido como de cuchillería  rebotando en un tiesto de aluminio. “Te estoy operando y necesito que estés quieto”, dijo el Dr.  También vi otros cuerpos, otras piernas, porque mi enfoque  era raro, parecía estar tendido en el suelo. Volví a dormirme y durante el resto de mis retornos  pude  ver a mis hijos y a Raquel  sentados o de pie en una  habitación,  donde una película de luz que entraba por la  ventana me impedía enfocarlos con nitidez. Otras veces  había sólo uno de ellos o estaba Raquel, casi siempre pendientes de que despertara. Cada vez que abría los ojos sentía que me estaban mirando. Invariablemente la pregunta era la misma :”cómo te sientes?” ¿”qué necesitas?   . Les decía que estaba bien, pero que me dolía el pecho. Y era verdad, aunque ahora el dolor estaba focalizado en la zona del corazón, era más leve  y ya no estaba tan expandido.  El alivio era evidente comparado con la intensidad del dolor que había sentido en la madrugada, cuando desperté a las 00:3 , sintiendo que el pecho se me abrasaba desde la boca del estómago hacia los lados, incluyendo los brazos. Empecé a pasearme , a oscuras, mientras oprimía la zona alta del estómago para liberar los gases que me quemaban. Las otras veces que había sentido dolor,  anteriormente ,  la incomodidad desaparecía  después de unos quince minutos, aunque las últimas habían sido más dolorosas  y larga y yo intuía que vendría una mayor. Probé ponerme de todos los modos que la imaginación  me sugería. Levantaba mis brazos, me acostaba sobre el estómago, frotaba mi pecho con la mano derecha, respiraba hondo y mantenía la respiración… Había pasado una hora y empecé a sudar de un manera diferente. Literalmente estaba hecho sopa. Fui al baño y  me sequé la transpiración. Me miré al espejo y me asustó verme tan desencajado y pálido Tuve miedo de enfriarme y me cambié el pijama. Estaba sudando, nuevamente, pero tenía el cuerpo helado. Me puse una chaqueta y me senté en la cama. Entonces , en medio del dolor y del desfallecimiento, cuando ya habían pasado dos hora, apareció un rayo de lucidez que me hizo  despertar a Raquel y pedirle que me llevara  a urgencia.  A la entrada , un joven se acercó con una silla de ruedas, pero lo rechacé, estimando que ése servicio estaba para los enfermos graves y me fui caminando por los interminables pasillos. Ingresamos a urgencia y el médico de turno me dirigió un saludo, a la pasada; se lo devolví , levantando mi mano mientras ingresaba al box. Instantes más tarde, junto a mi camilla, mientras tomaba mis signos vitales me preguntó que de dónde nos conocíamos- “Del Francisco de Miranda”, le dije. “Tú eras apoderado y yo era el Director” . Lo recordaba como un apoderado joven que alguna vez lideró uno de los tantos reclamos, movimientos o pequeñas revoluciones de esas que se vivían con tanta frecuencia en aquel  micromundo. Intenté decirle  que mi problema era el estómago, un problema de aerofagia que me causaba dolores en el pecho y los brazos y que no podía ser el corazón, porque  yo no tenía nada en el corazón, me había hecho exámenes y hasta un test de esfuerzo a comienzos de año sin que apareciera nada raro. No me hicieron caso, la enfermera tomó un electrocardiograma y salió apresurada a ver al especialista  de turno. Llegaron otros médicos y dijeron que había que operarme, pues tenía  una arteria obstruida por un coágulo. No recuerdo bien lo que siguió, yo estaba tranquilo, relajado y, sobre todo, adormilado, de repente abría los ojos, pero tenía mucho sueño, me quedaba dormido y luego despertaba. “No muevas las piernas, por favor, que te estoy operando” La voz del médico era amable, pero imperativa.  Supuse que habían dejado sobre mis piernas  los instrumentos con que me operaban y que mis movimientos podían tirarlos al suelo, pero volvía a cruzar mis piernas sin poder evitarlo y sentía el ruido de cuchillos rebotando al interior de un tiesto metálico.

 

“Soy el médico que lo operó, el que le salvó la vida”, dijo, mientras me tomaba el pulso, pero yo volví a dormirme, tal vez uno o dos segundos. La luz  me impedía ver el rostro del médico. A su lado mis hijos lo escuchaban atentamente.  “Una arteria estaba sana, pero la segunda  estaba totalmente destruida y la tercera estaba obstruida con un coágulo, así que  ingresé a la arteria , eliminé el coágulo y le dejé instalado un stent, de los más modernos …”. Nada de lo que escuchaba , sentía o veía me sacaba de la modorra apacible;  sentía , incluso, una especie de indiferencia por todo lo que ocurría a mi alrededor. Mi cuerpo estaba ahora un poco más tibio. Imaginé a mi hijo mayor, escuchando calladamente al Doctor y pensando en la muerte, como en una calle desolada, en las afueras de Curanilahue, una calle  larga  y sin pavimentar;  a mi esposa, diciéndole al médico que , efectivamente, yo estaba allí por ser un porfiado y por mi afición al trabajo; a mi hija, escuchando  con agradecimiento al médico y tratando de olvidar esa imagen  de espanto de su padre , al salir de la operación, con una palidez de muerto; a  mi hijo menor,  el más iconoclasta, escuchando las explicaciones del médico y diciéndose “tengo razón yo, cuando digo que estos huevones son todos unos pasados a caca, se creen dioses”. Volví a caer en el sueño hasta que , horas más tarde, salí  definitivamente del sopor y pude  conversar, responder a las preguntas y decirles que estaba bien, que los dolores estaban desapareciendo, que no se preocuparan, que estaba todo bien. Se acercaba el final del día, mi familia debía abandonar el cuarto de cuidados intensivos, las enfermeras debían darme el sinfín de tabletas y yo debía pasar la primera  noche de una larga semana en la clínica.

 “Soy la persona que lo pondrá de pie, aquí”. El kinesiólogo me dio la mano para ayudarme. Me puse de pie y me dirigí a la silla. Sobre la mesa había un par de libros que me habían traído para hacer menos  pesada la espera.  “Así que lee a Borges”, me dijo, hojeando el libro.  “Prácticamente  no lo leo, apenas sus relatos de compadritos, bandidos y cosas así,  todo lo demás me aburre”, le respondí.  A partir de allí la participación del kinesiólogo, que saldrá  en la factura como rehabilitación del paciente, se transformó en un par de agradables caminatas por los pasillos de la sección cardiovascular  mientras conversábamos   sobre nuestros gustos literarios, que en materia de poesía  incluían a Teillier, por parte del enfermo, a  Juvencio Valle, Hann, Zurita y una decena más por parte del especialista . “Ese Rojas me fascina”, dijo, y yo recordé a Rojas, leyéndonos poemas en la provincia de Arauco, mitad deidad, mitad hombre. Imposible saltarse a Parra y su  reciente premio literario. Mientras me toma el pulso y la presión para ver cómo anduve en mis primeros esfuerzos, comienzo  gradualmente a estar consciente de mi situación, y recuerdo un antipoema de Parra que solía escribir  a mis alumnos , en esos  grandes pizarrones, con tiza blanca, en Curanilahue:

 “ Socorro

No sé cómo he venido a parar aquí:

Yo corría feliz y contento
Con el sombrero en la mano derecha
Tras una mariposa fosforescente
Que me volvía loco de dicha

Cuando de pronto zas un tropezón
Y no sé qué pasó con el jardín
El panorama cambió totalmente:
Estoy sangrando por boca y narices.

Realmente no sé lo que pasó
Sálvenme de una vez

O dispárenme un tiro en la nuca” .