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Francisco Ruiz Burdiles » 2011 » junio

Archivos de junio, 2011

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Jun

El Padre Ignacio

   Posted by: francisco   in Sin categoría

 

I

Cuando volví a Curanilahue, después de mis años  en el internado y la universidad, tenía 21 años , un título de profesor  de “español”, un contrato para reemplazar al primer pedagogo que había tenido el liceo y, lo más importante, la promesa de casarme con Raquel, que se encontraba  a cargo de la biblioteca del liceo luego de una enfermedad que la hizo abandonar sus estudios y de una  estadía de casi un año en Argentina . Mi primer sueldo vino después de tres meses. Mucho dinero , entonces, que fue dignamente dilapidado, como lo ha sido cada moneda que desde entonces ha llegado a mis manos.  De allí surgió aquel abrigo , entre rojo y morado, largo y entallado, de un cotelé muy suave y anudado a la cintura, con una solapa ancha que estaba a la moda y que Raquel lució el día  de nuestra boda; porque en aquella boda no hubo traje blanco , ni  champaña, ni arroz sobre la cabeza de los novios ni padrinos cachos:  toda esa lesera no tiene nada que ver con el amore y e un insulto para lo pobresnos había dicho el cura Ignacio, con su voz  de cantante italiano, tropezando todavía con algunos artículos y formas verbales de una lengua que sólo había comenzado a usar hacía un par de años y que nunca pudo dominar del todo. Lo había conocido en la oficina parroquial después de que Raquel me pidiera que nos casáramos en la iglesia católica, pues ella pertenecía a ese grupo juvenil. Honestamente, me hubiese casado bajo cualquier  ceremonial, religioso o pagano, con tal de estar luego con la mujer  a la que amaba desde hacía cuatro años y con quien había tenido más cartas de por medio que caricias y besos. Así que me dejé conducir a la oficina del cura italiano del que tanto hablaban, uno que tocaba la guitarra, el acordeón y predicaba de manera diferente. “ Debe ser igual que todos los curas”, le dije a Raquel, para bajarlo del pedestal en que  lo tenía , y le conté que durante mi niñez había ido a misa hasta  los 8 años, cuando hice mi primera comunión,  y que  después no volví nunca a la Iglesia ni supe de curas ni monjas  porque mi madre debió preocuparse por el siguiente hijo , el que hizo su primera comunión dos años después y también dejó de ir a misa cuando ella debió preparar al siguiente,   hasta llegar al último y encontrar que ya estaba bueno y que había cumplido con su deber  de católica. Tampoco supe más de Dios, a quién volví la espalda una noche de espanto, rezando a Satanás debajo de las sábanas para que mi madre no  muriera aquel invierno en que la fiebre no le bajaba y yo di por hecho que  Dios no escuchaba  a los niños desesperados . La oficina estaba siendo atendida por Ana María, una monja  joven que ejercía un fuerte atractivo en el grupo de Raquel. Se veía claramente  que estaba feliz de prepararla para el matrimonio y curiosa por saber más del novio.  Un hombre alto y delgado entraba cada cierto tiempo a la oficina, tomaba algún papel y regresaba al interior de la casa parroquial. Ana María me miraba, adelantando en sus ojos una simpatía  que con el tiempo se convertiría  en  amistad. Quería saberlo todo del novio, mientras llenaba unos formularios. ¿Por qué quería casarme por la iglesia Católica?  El hombre dejó de revolver papeles y se giró hacia nosotros. Usaba unos lentes gruesos, llevaba una chaqueta  verde, estilo casaca de guerrilla, unos blujeans y zapatones, no pasaba de los 30 años. Puso sus manos sobre el escritorio de la monja y me miró, esperando la respuesta. La monja me dijo, “te presento al padre Ignacio”. Nos dimos la mano mientras él me decía “así que tú eres el famoso Pancho; mira que Raquel no hace más que hablar de ti”  . Mi respuesta estaba lejos de lo que él hubiese esperado; yo quería casarme  y Raquel quería que fuese por la Iglesia. El cura encontró lo que buscaba en el cajón del escritorio; unas hojas para su maquinilla de afeitar,  y se fue.  Después pasó lo de siempre, empecé a querer aquello que al comienzo había  despreciado. Había llegado a esas charlas pensando  “Ni este cura ni esta monja, con su pinta de hippies y su poder sobre los jóvenes , me van a convencer de sus huevadas” y después era yo el más interesado en ir a esos encuentros semanales  a los que ahora se sumaba el cura y donde las conversaciones iban por cualquier lado, menos por los del santo sacramento del matrimonio. Yo estaba descubriendo  un espacio potente para mi desarrollo , unos amigos diferentes y, de paso, estaba abriendo los ojos para ver lo que en verdad pasaba en el país en aquellos años iniciales de la dictadura  . A mi lado, tomada de mi mano, Raquel parecía  un poco ajena a las conversaciones que nos desviaban del propósito de casarnos luego. Nos casamos en una ceremonia como las que el cura siempre había querido hacer , pero que la tradición de los novios se lo había impedido hasta entonces.  Nos fue a visitar después ,  a las piezas que arrendábamos y donde habíamos establecido nuestro hogar. Iba siempre con  Ana María y allí continuaron las conversaciones, la amistad , las canciones, no sólo las que nos gustaban, sino aquellas  de cuna para hacer dormir a  Paulo, primero, y luego a Daniela, nuestros pequeños hijos, nacidos en los dos años siguientes. La Parroquia tenía un hogar para niñas y niños provenientes de los campos cercanos que aún no habían sido vendidos a la empresa forestal , dueña ya de casi toda la provincia de Arauco y que había convertido los predios de hortalizas y trigo en bosques de pino. La Parroquia  necesitaba un matrimonio que se hiciera cargo de  esos niños y niñas, acompañándolos tanto en su proceso formativo como en el apoyo escolar. No había sueldo y era una manera concreta de ser cristiano, nos dijo Ignacio; una manera concreta de estar con los pobres y ayudarlos. Después de algún tiempo decidimos irnos; creer en Dios era un asunto concreto. El hogar fue dirigido, en los hechos, por Raquel,  que estaba todo el día en aquel espacio compartido por una veintena de niños y adolescentes  hijos de campesinos y mapuches pobres y nuestros propios hijos, que fueron creciendo con ellos. Yo trabajaba en el liceo y mi aporte consistía más que nada en la presencia de la figura paterna y en la relación con los padres y las instituciones colaboradoras , además de tener un cupo en el  Consejo Parroquial que muchos envidiaban  y que a mí sólo me traía problemas y me  alargaba la jornada laboral , pues durante años debí realizar  clases en  las tres jornadas (mañana, tarde, vespertina), terminando muchas veces después de las 10 de la noche. En el liceo estreché mi relación con Ana María, que hacía clases de filosofía. Una vez preparamos juntos un trabajo sobre El Principito y a su puesta en escena invitamos a Ignacio , que no era una visita bien recibida por las autoridades del establecimiento debido a su conocida postura crítica al régimen  militar. Pero él no perdía ocasión de estar con los jóvenes, porque entendía que ellos podían ser una fuente de conocimiento y reflexión para el cambio que el pueblo necesitaba. Cada día yo descubría una faceta nueva en el sacerdote; su sensibilidad artística era clara, podía sintonizar rápidamente con el teatro, la música y la pintura. Las misas que realizaba eran una suma de estas artes.

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