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Francisco Ruiz Burdiles » 2011 » marzo

Archivos de marzo, 2011

2
Mar

TIERRA DEL FUEGO

   Posted by: francisco   in Sin categoría

 

He visto a los primeros estudiantes del 2011: uniformes  nuevos, caras de sueño , cigarrillos, cuadernos. Se terminaron las vacaciones para ellos y también para quienes les miramos desde las ventanillas del transantiago . Recuerdo mi regreso a la escuela nº 38, en mis primeros años de educación básica; la profesora nos exigía escribir una composición titulada  MIS VACACIONES.  No transaba jamás :  eran dos páginas , como mínimo, y tres, como máximo. ¡Ay de quién escribiera fuera del renglón, no respetara la sangría o confundiera la G con la J ¡Podía caerle una cachetada, un tirón de orejas o un reglazo sobre la mano. Nada de perder tiempo en comunicaciones para la casa, acusándonos con nuestros padres, todo se arreglaba in situ. Pero, además de práctica y efectiva, esa profesora era sabia; no perdía tiempo en pruebas de diagnósticos que no servían para nada, la composición era lo mejor de todo, enderezaba la caligrafía y ponía a prueba nuestra  habilidad para escribir.  A veces yo  no tenía nada que decir, mis vacaciones habían sido una seguidilla de días repetidos hasta el cansancio en el pequeño pueblo con una que otra escapada al río o un viaje a la casa de mi abuelo ,  para mirarlo fundir el oro en su taller de joyería y ayudarlo a pulir anillos.  Entonces  escribía una versión libre de aquellos sucesos y las tres páginas se me hacían pocas para meter tanto disparate. Nuestra buena profesora, además, leía y corregía cada una de las composiciones, haciendo comentarios en voz alta al momento de entregarlos. Su socarronería solía acompañar la entrega de mis composiciones  “¿Así que viajaste a Santiago con tus hermanos?  ¿Así es que fuiste a la playa y anduviste en bote?” No guardo en mi memoria  las burlas de mis compañeros, en cambio recuerdo el interés con el que un par de niñas  de mi fila leían esas composiciones y las creían ciertas.  Acicateado por esos recuerdos, y por el hechizo que me causó el lugar visitado en estas vacaciones, escribo esta “composición”, con la salvedad que todo es real y que tengo fotografías que me respaldan.

Estuve en Magallanes. La ciudad de Punta Arenas no me defraudó, hacía años que deseábamos conocerla y este año fue posible. Las Torres del Paine no me eran desconocidas, pues hace casi doce años mi amigo, el escritor Juan Mihovilovich , quiso compartir conmigo un viaje por tierra en el mes de abril. Fue un viaje maratónico y marcado por señales místicas. El parque estaba envuelto en brumas y me pareció una postal borrosa. A los pies del lago Grey, viendo caer los trozos gigantes de hielo  y mientras Juan caminaba hacia un mirador desde el cual creía que podía ver mejor el glaciar, imaginé que aquel bloque de hielo gigantesco era  un oso polar, o un barco fantasma detenido en el océano mientras sus  tripulantes caían  al mar vestidos de blanco  riguroso y se ahogaban  después  de flotar apenas un instante. Las olas parecían repetir los gruñidos del oso. Me tendí   en la arenisca de la orilla, crucé los brazos detrás de mi cabeza y miré el cielo tempranamente oscurecido mientras el agua llegaba   a mis zapatos en  diminutas oleadas empujadas  por el viento; no había nadie más, había terminado el verano y los turistas habían desaparecido. Pero esta vez el parque estaba diáfano, podíamos ver las torres, los cuernos y cuánta cumbre existe en ese lugar maravilloso. Las aves, los animales y el agua, mucha agua en sucesivos lagos y ríos. Pero el lugar  encantado que me esperaba estaba  al otro lado del estrecho de Magallanes : Tierra del fuego. Qué vastedades, qué silencios, que colores . Todo es gigantesco; el mar, las praderas ; todo es fascinante; el cielo, las montañas; todo es armónicamente solitario.

Mi hermano menor fue el guía de este viaje, nos hizo conocer el pequeño pueblo de Porvenir, donde  fue médico durante varios años y donde la gente lo trata con ese cariño que los pacientes sólo entregan cuando se han sentido escuchados, entendidos y acompañados, también nos llevó por el río   que originó la fundación de aquel pueblo durante la fiebre del oro y que aprisiona  en sus riberas  un descomunal y oxidado artilugio para dragar el río en busca de las pepitas, nos llevó por el Río Grande  y otros lagos donde solía ir a pescar, nos llevó al refugio del club de caza y pesca, donde  la Catalina nos  hizo recoger piedras del destino a orillas del lago Blanco   y nos cambió el itinerario diciéndonos que Usuahia  era sólo un bello lugar turístico al otro lado de la frontera, en cambio el cuarzo que arrojaba el lago Fagnano podría cambiar nuestras vidas. Bendita mujer, nos envió a una aventura de más de cinco horas durante las cuales  el vehículo se empinaba por caminos retorcidos que subían y bajaban dejando atrás  las praderas de coirones , adentrándose en montañas aún nevadas  ,en pastos más suaves y más verdes, en hermosos bosques de lengas , algunos de los cuales palidecían como esqueletos por obra y gracias de los castores. Abajo, casi imperceptible, asomaba el lago Deseado, más adelante , abriéndose paso hacia Argentina, el lago Fagnano . De regreso los guanacos saltaban al camino, algunos mantos de florecillas que no habíamos visto aparecían con la renovada luz del sol, las vertientes de agua pura caían  desde los cerros dinamitados por los militares que abrieron el camino.  Y lo mejor  de todo , la puesta de sol que parece interminable, porque se oscurece lentamente y hay tiempo para ver cómo cambian los colores en el cielo, como si uno jugara con un caleidoscopio. Yo había visto ponerse el sol en la Piedra del Aguila, en Nahuelbuta, con el cura Ignacio y el séquito   que lo escoltaba por esos rumbos. Esperábamos pacientes  y ceremoniosamente callados  hasta que el sol , como una moneda de oro, iba achatándose en el horizonte, un sol dorado,  cada vez más elíptico , cayendo vertiginosamente hasta que una especie de llamarada fugaz lo devoraba y desaparecía en el mar de Tirúa, como el oro que fundía mi abuelo en su taller de joyero. Pero el atardecer de Tierra del Fuego es distinto, el sol no se achata ni cae vertiginosamente, todo es lento , paciente y colorido, todo es limpio y transparente. Al anochecer nos esperaba el refugio y doña Catalina con dos truchas de buen tamaño , doradas en el quincho al fuego lento de la lenga. Frente al refugio hay unas islas donde los pescadores suelen hacer su agosto. Mi hermano no pudo negarse  al ofrecimiento  del  botero-pescador  y navegamos hacia ellas para  pescar y regresar cuando el lago empezaba a levantar olas que empujaban la embarcación y nos hacían dar tumbos. Tuve miedo y me aferré a los cordeles, como aquel verano inolvidable en  Punta Lavapié, cuando en una noche de farra sellé mi amistad con los esquivos pescadores declarándoles mi admiración por aquel oficio y revelándoles un falso sueño no cumplido : salir a pescar en la madrugada. No había dormido una hora cuando los golpes en la puerta y los gritos de mis nuevos  amigos me hicieron salir , aún adormecido, y calzarme las botas y la chaqueta de agua con que me esperaban. Cuando  arrancó el bote se me terminó de espantar la borrachera  y pensaba :”si se da vuelta el bote, puedo llegar  a las rocas y salvarme”. El bote se alejaba y mi única referencia con la tierra ahora era la silueta de los cerros. “Todavía puedo salvarme, me quito las botas y la chaqueta para quedar más liviano”. El motor aceleró, el bote dio unos golpes en las olas, el agua me mojó entero y ya no podría llegar a la orilla: “Señor, que se haga tu voluntad”. Y la voluntad del Señor fue que pescara con aquellos muchachos, que les ayudara a retirar las redes, que echara al interior del bote las mejores presas y tirara  las otras  y que volviera a mi casa, al amanecer,  con dos congrios gigantescos como pago por la faena y un grupete de amigotes para el resto del verano. El zodiac llegó al pequeño muelle del refugio , ayudamos a guardar el motor , el bote, los equipos; no es cosa de navegar, solamente.

Podría pasarme de las tres páginas en esta “composición”, y no quiero despertar el fantasma de aquella profe  mordaz y buena para el varillazo. Dejémoslo hasta aquí, reiterando el encanto del lugar, la grata compañía y esa especie de amor a primera vista con Punta Arenas.

Brindo por Tierra del Fuego, por su belleza aún silvestre, por las tuninas , saltando al lado del ferry en el estrecho de Magallanes, por los zorrros y ñandúes, por los flamencos,  los patos silvestres, el ñirre y los bosques de lenga, por el agua, los lagos y los castores , por los guanacos de inquietas carreras, por los mansos corderos que pueblan las estancias y por los primeros habitantes, esos indígenas que fueron cazados a balazos cuando los envenenamientos masivos y las enfermedades no lograban exterminarlos y los blancos se apoderaban de esas tierras del fin del mundo. Imposible no pensar en unos versos con que cierra el libro que me regaló hace  más de veinte años el poeta Juan Pablo Riveros, DE LA TIERRA SIN FUEGO :

“¿Dónde están Onas? ¿Dónde

Yagán manso, leve Alacalufe?

¿Dónde hombres diligentes,

mujer tenaz?

¿No cogeréis más, gacela, dulce

Yagana , moluscos a la orilla del mar?

¿Dónde está tu pueblo, Temàuquel?

¿Dónde tus marinos, Watauinewa?

 

Preguntádselo al Kolliot.

Murieron de Occidente”.