Por Mauricio Ostria G.

El libro que el lector tiene en sus manos y cuyos poemas quiero creer ya leyó, pertenecen a un profesor, cantautor y poeta de Curanilahue. Quien conozca a Francisco Ruiz Burdiles , podrá reconocer en sus versos la mesura cortés, la serena discreción, translúcidas de raigales afectos, que marcan su dimensión humana. De cuando mirábamos es su primer libro de poemas; su materia prima: ternuras familiares y natales, imaginadas desde los duros tiempos que corren, impregnadas de precarias mas tozudas esperanzas.

El título, extraído de uno de los poemas –situado estratégicamente en el centro del libro- pone en evidencia el motivo anímico fundamental del poemario: la evocación dolorida de un tiempo feliz, tiempo de contemplaciones compartidas, vivenciadas desde la soledad de un presente inhóspito y agresivo. Nostalgia y melancolía, tristeza y ternura, impotencia y esperanza se actualizan en imágenes eficaces que reconstruyen con sabor de mito antiguas visiones de infancia: “Era el tiempo (en que ) recordaba…los antiguos vericuetos de la miel/ y el olor de los membrillos madurando/ en los baúles de la abuela” , era el tiempo primordial del paraíso perdido, “Coliumo” –el axis mundi-, donde “…para nosotros /sólo existía un tren /que paraba cada siete días/ para que descendiera mi padre/ con su convoy de besos, / aroma y resina de los bosques natales/ en su sonrisa semanal”. Situada en el pasado paradisíaco, oímos la voz del poeta: “En mi pueblo / debajo de los eucaliptos / los amantes se desnudan/ y ruedan sobre la hojarasca”.
Ese pueblo, del que todavía se recuerdan el “agua de colonia” adolescente y la huella de una sonrisa en “la pradera”, reino de la lluvia en los atardeceres boscosos, sufre los rigores de la ruina actual. He aquí el segundo ingrediente temático-emotivo del poemario; ahora la palabra se torna elegíaca, nostalgiosa, hondamente dolorida. El poeta husmea en los signos indelebles de los vacíos otrora habitados, las huellas de la ausencia: “estaciones antiguas / donde los trenes dejaron para siempre / un olor a humedad y espesura / un silbato de lobos despedazándose en el eco” . Porque : ”Alineáronlo todo / como un circo pobre / ordena sus trastos / antes de partir // Pero se olvidaron de nosotros…” Esas imágenes de la infancia son – en palabras de Bacherard- imágenes de la soledad, una soledad desgarrada, añadamos, por la contemplación del espacio feliz ahora enajenado, expoliado, despojado para siempre de su propia sustancia. Esta certidumbre contemplativa origina, a mi modo de ver, uno de los más hondos, desgarrados y hermosos poemas del libro: “Desde el mirador”. No resisto a transcribir unos versos: “Mi pueblo está / envuelto en bosques / que no le pertenecen; / los suyos fueron cortados / y arrojados guarda abajo. // Mi pueblo se muere de melancolía “.
La agonía del pueblo se expresa también en la monotonía de las tardes invernales junto al televisor enajenante : “Sentados frente a frente, / bajo el aguacero lánguido, / muriéndonos de hastío”, en el “envejecemos” y “atardecemos” que funde a los hombres y a la naturaleza: “Veo atardecer el follaje de los aromos”; en el deterioro de los mismos cadáveres “con las bocas llenas de goteras”.
En su contemplación -“la contemplación es la forma más amplia de la comprensión, porque abarca ver y entender” -, anota Octavio Paz-, el poeta descubre los signos del mal, las señales de la irrupción de lo ominoso:”sin duda algo anda mal”, ironiza en un texto de resonancias parrianas (“Muertes”); “la situación está controlada…// ¿por qué , entonces –se pregunta-, tengo la impresión de que algo serio está ocurriendo?”, y, en “Cacerías”, “en estos días de aparente paz”, siente “por los bosques/ un eco de culebras roncas”. Y en “una ráfaga de infierno”, confirma, “hubo la violencia en los verbos y en los látigos”…”Entonces”…”las cartas se escribieron con metáforas / y hubo siempre algo a punto de estallar”. Es , pues, el tiempo menesteroso, “porque está –nos dice Heidegger- en una doble carencia y negación : en el ya-no de los dioses huidos y en todavía-no del que viene”. Tiempo en que se escucha la voz de los abuelos: “En estos días de insomnios repetidos, / la voz de mis abuelos muertos / me avisa del plumaje / que ensombrece los senderos”. Tiempo de Apocalipsis: “Y he aquí que miré / y vi…” Pero tiempo de espera, al fin: “…bajo aquella lluvia furibunda…//pasamos de los treinta // descifrando el viento/ para saber en dónde / nos esperará la primavera”; “…Entonces, / no sé cómo / debe germinarnos la sonrisa…estrellándose contra los huesos / o lo que quede de la vida”. Aquí se cierra la primera y más extensa parte del libro. Le siguen dos secciones breves, de tres poemas cada una, cuyo temple anímico coincide con el tono general del libro, aunque ahora se incorporen, en cierto modo, nuevos temas (el poeta en la ciudad) y formas (el apóstrofe lírico que se finge carta).
Los poemas de “La ciudad, luciérnaga multiplicada”, nos muestran al poeta extraño en un mundo agresivo (“la ciudad…se dispone a saltar el muro”), incómodo, “huyendo de los lobos feroces”. Las “Cartas para Solina”, en cambio, adoptan forma y tono epigramáticos, en que se conjugan el miedo, la ironía y el deseo de sobrevivir, en versos ceñidos, austeros, muy eficaces.

En síntesis, De cuando mirábamos es un libro de amor , de amor dolorido y raigal, amor afincado en un espacio lejano-cercano que se evoca con fuego en la memoria y mansedumbre en el corazón. Palabra que se juega por la vida en medio de tantas amenazas, que afirma la vida en medio de la muerte, que rechaza y denuncia la muerte de su pueblo, al que recupera en el tiempo sin fechas de la poesía.
La nostalgia es la línea emotiva dominante –ojos de lluvia memoriosa-, el tono que une con diferentes intensidades los diversos poemas y hace de ellos un conjunto unitario, un libro. A la nostalgia que supone escisión, se añade el miedo, el sentimiento de precariedad de la existencia y la fugacidad de la vida. El dolor nostalgioso es compensado por la fortaleza en el amor y la voluntad de afirmarse en él. Este complejo emotivo se concreta en imágenes de atardeceres lluviosos, invernales, desde los cuales el sujeto lírico mira y evoca : ojos de lluvia memoriosa, la palabra- vivencia deviene símbolo, como lluvia serena o violenta, de plenitud o de precariedad.
El libro respira y transmite una gran “autenticidad” poética. Francisco Ruiz, serio artesano de su escritura, un poeta honesto, que no quiere pasar gato por liebre: ni excesivos experimentos formales, ni imágenes deslumbradoras, ni retóricas sofisticadas, la palabra de Francisco Ruiz brota “de manantial sereno”, como la del maestro Antonio Machado, con quien comparte tonos y llanezas; palabra macerada en el dolor callado, con ecos vallejianos -¿por qué no?-, palabra contenida , tensa en su terco esperar tiempos mejores. En De cuando mirábamos, en fin, la palabra ejerce su función liberadora: el rescate de todo lo querido, lo profundamente amado a través de los trabajos y los días.

(Mauricio Ostria González,  profesor emérito del departamento de español de la Universidad de Concepción. Concepción, otoño de 1988)




2 comentarios

Mauricio Ostria González
 1 

pancho: Por favor, corríge mi segundo apellido, mira que se puede enojar mi mamá.

Un abrazo con mis recuerdos:

septiembre 4th, 2008 at 20:36
 2 

Me gustaría me escribirias a mi correo para contactarte directamente, saludos desde Concepción.Ingrid

septiembre 15th, 2009 at 16:09

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