Archivos en la categoría: Sin categoría

10
dic

UNA CALLE LARGA Y SIN PAVIMENTAR

   Posted by: francisco   in Sin categoría

 

 

 No muevas  las piernas, Francisco” , dijo una voz,  pero  no pude ver el rostro del que hablaba  Volví a caer  en un sueño del que cada cierto tiempo retornaba sólo a medias. La voz estaba de nuevo reclamando porque movía las piernas. Ahora pude ver  su rostro, de perfil, mientras  escuchaba un  ruido como de cuchillería  rebotando en un tiesto de aluminio. “Te estoy operando y necesito que estés quieto”, dijo el Dr.  También vi otros cuerpos, otras piernas, porque mi enfoque  era raro, parecía estar tendido en el suelo. Volví a dormirme y durante el resto de mis retornos  pude  ver a mis hijos y a Raquel  sentados o de pie en una  habitación,  donde una película de luz que entraba por la  ventana me impedía enfocarlos con nitidez. Otras veces  había sólo uno de ellos o estaba Raquel, casi siempre pendientes de que despertara. Cada vez que abría los ojos sentía que me estaban mirando. Invariablemente la pregunta era la misma :”cómo te sientes?” ¿”qué necesitas?   . Les decía que estaba bien, pero que me dolía el pecho. Y era verdad, aunque ahora el dolor estaba focalizado en la zona del corazón, era más leve  y ya no estaba tan expandido.  El alivio era evidente comparado con la intensidad del dolor que había sentido en la madrugada, cuando desperté a las 00:3 , sintiendo que el pecho se me abrasaba desde la boca del estómago hacia los lados, incluyendo los brazos. Empecé a pasearme , a oscuras, mientras oprimía la zona alta del estómago para liberar los gases que me quemaban. Las otras veces que había sentido dolor,  anteriormente ,  la incomodidad desaparecía  después de unos quince minutos, aunque las últimas habían sido más dolorosas  y larga y yo intuía que vendría una mayor. Probé ponerme de todos los modos que la imaginación  me sugería. Levantaba mis brazos, me acostaba sobre el estómago, frotaba mi pecho con la mano derecha, respiraba hondo y mantenía la respiración… Había pasado una hora y empecé a sudar de un manera diferente. Literalmente estaba hecho sopa. Fui al baño y  me sequé la transpiración. Me miré al espejo y me asustó verme tan desencajado y pálido Tuve miedo de enfriarme y me cambié el pijama. Estaba sudando, nuevamente, pero tenía el cuerpo helado. Me puse una chaqueta y me senté en la cama. Entonces , en medio del dolor y del desfallecimiento, cuando ya habían pasado dos hora, apareció un rayo de lucidez que me hizo  despertar a Raquel y pedirle que me llevara  a urgencia.  A la entrada , un joven se acercó con una silla de ruedas, pero lo rechacé, estimando que ése servicio estaba para los enfermos graves y me fui caminando por los interminables pasillos. Ingresamos a urgencia y el médico de turno me dirigió un saludo, a la pasada; se lo devolví , levantando mi mano mientras ingresaba al box. Instantes más tarde, junto a mi camilla, mientras tomaba mis signos vitales me preguntó que de dónde nos conocíamos- “Del Francisco de Miranda”, le dije. “Tú eras apoderado y yo era el Director” . Lo recordaba como un apoderado joven que alguna vez lideró uno de los tantos reclamos, movimientos o pequeñas revoluciones de esas que se vivían con tanta frecuencia en aquel  micromundo. Intenté decirle  que mi problema era el estómago, un problema de aerofagia que me causaba dolores en el pecho y los brazos y que no podía ser el corazón, porque  yo no tenía nada en el corazón, me había hecho exámenes y hasta un test de esfuerzo a comienzos de año sin que apareciera nada raro. No me hicieron caso, la enfermera tomó un electrocardiograma y salió apresurada a ver al especialista  de turno. Llegaron otros médicos y dijeron que había que operarme, pues tenía  una arteria obstruida por un coágulo. No recuerdo bien lo que siguió, yo estaba tranquilo, relajado y, sobre todo, adormilado, de repente abría los ojos, pero tenía mucho sueño, me quedaba dormido y luego despertaba. “No muevas las piernas, por favor, que te estoy operando” La voz del médico era amable, pero imperativa.  Supuse que habían dejado sobre mis piernas  los instrumentos con que me operaban y que mis movimientos podían tirarlos al suelo, pero volvía a cruzar mis piernas sin poder evitarlo y sentía el ruido de cuchillos rebotando al interior de un tiesto metálico.

 

“Soy el médico que lo operó, el que le salvó la vida”, dijo, mientras me tomaba el pulso, pero yo volví a dormirme, tal vez uno o dos segundos. La luz  me impedía ver el rostro del médico. A su lado mis hijos lo escuchaban atentamente.  “Una arteria estaba sana, pero la segunda  estaba totalmente destruida y la tercera estaba obstruida con un coágulo, así que  ingresé a la arteria , eliminé el coágulo y le dejé instalado un stent, de los más modernos …”. Nada de lo que escuchaba , sentía o veía me sacaba de la modorra apacible;  sentía , incluso, una especie de indiferencia por todo lo que ocurría a mi alrededor. Mi cuerpo estaba ahora un poco más tibio. Imaginé a mi hijo mayor, escuchando calladamente al Doctor y pensando en la muerte, como en una calle desolada, en las afueras de Curanilahue, una calle  larga  y sin pavimentar;  a mi esposa, diciéndole al médico que , efectivamente, yo estaba allí por ser un porfiado y por mi afición al trabajo; a mi hija, escuchando  con agradecimiento al médico y tratando de olvidar esa imagen  de espanto de su padre , al salir de la operación, con una palidez de muerto; a  mi hijo menor,  el más iconoclasta, escuchando las explicaciones del médico y diciéndose “tengo razón yo, cuando digo que estos huevones son todos unos pasados a caca, se creen dioses”. Volví a caer en el sueño hasta que , horas más tarde, salí  definitivamente del sopor y pude  conversar, responder a las preguntas y decirles que estaba bien, que los dolores estaban desapareciendo, que no se preocuparan, que estaba todo bien. Se acercaba el final del día, mi familia debía abandonar el cuarto de cuidados intensivos, las enfermeras debían darme el sinfín de tabletas y yo debía pasar la primera  noche de una larga semana en la clínica.

 “Soy la persona que lo pondrá de pie, aquí”. El kinesiólogo me dio la mano para ayudarme. Me puse de pie y me dirigí a la silla. Sobre la mesa había un par de libros que me habían traído para hacer menos  pesada la espera.  “Así que lee a Borges”, me dijo, hojeando el libro.  “Prácticamente  no lo leo, apenas sus relatos de compadritos, bandidos y cosas así,  todo lo demás me aburre”, le respondí.  A partir de allí la participación del kinesiólogo, que saldrá  en la factura como rehabilitación del paciente, se transformó en un par de agradables caminatas por los pasillos de la sección cardiovascular  mientras conversábamos   sobre nuestros gustos literarios, que en materia de poesía  incluían a Teillier, por parte del enfermo, a  Juvencio Valle, Hann, Zurita y una decena más por parte del especialista . “Ese Rojas me fascina”, dijo, y yo recordé a Rojas, leyéndonos poemas en la provincia de Arauco, mitad deidad, mitad hombre. Imposible saltarse a Parra y su  reciente premio literario. Mientras me toma el pulso y la presión para ver cómo anduve en mis primeros esfuerzos, comienzo  gradualmente a estar consciente de mi situación, y recuerdo un antipoema de Parra que solía escribir  a mis alumnos , en esos  grandes pizarrones, con tiza blanca, en Curanilahue:

 “ Socorro

No sé cómo he venido a parar aquí:

Yo corría feliz y contento
Con el sombrero en la mano derecha
Tras una mariposa fosforescente
Que me volvía loco de dicha

Cuando de pronto zas un tropezón
Y no sé qué pasó con el jardín
El panorama cambió totalmente:
Estoy sangrando por boca y narices.

Realmente no sé lo que pasó
Sálvenme de una vez

O dispárenme un tiro en la nuca” .

1
oct

UNA MUJER SOLA EN EL PARQUE SOLO

   Posted by: francisco   in Sin categoría

 

 

Pese a que hay menos tráfico , por lo del fin de semana festivo, cruzo con cuidado la calle ; nunca se sabe, a las nueve de la mañana  todavía pueden ir algunos  conductores ebrios de regreso a sus casas,  nunca se sabe, me repito casi mecánicamente  mientras  Harry tironea la cadena para apurarme . Ha reconocido   la reja  verde que cubre la entrada al parque  y quiere que lo  deje  corretear  libre por aquel lugar fantástico lleno de pasto, árboles y, sobre todo, huellas de otros animales que él puede olfatear por aquí y allá como un verdadero sabueso.  Antes de soltarlo miro hacia adentro del parque, he desarrollado cierta habilidad para detectar la presencia de otros perros  con los que Harry podría entreverarse . Cuando  era pequeño, por temor a que los grandes lo mordieran ; ahora que es grande, por temor a que muerda a los más pequeños. Ya he pasado malos ratos por esta actitud suya de irse,  como un león sobre su presa  , encima de cuánto perro ve a su alcance, especialmente si son pequeños y lanudos, sin importar si sus propietarios los llevan de una correa, los suben a sus brazos o los  protegen a patadas. Haciendo honor a su nombre,  ”Harry, el sucio”,  hace castañetear sus colmillos como si se los fuera a comer vivos, mostrando  su naturaleza de  perro callejero, bravucón y asesino. Así que me agacho un poco para soltarlo y es   entonces cuando  veo a la mujer  sentada en el primer banco  del parque. Es una mujer  de unos sesenta años que viste  con la elegancia  de la gente de escasos recursos en un día festivo.  A simple vista parece  una mujer que  iba pasando por fuera del parque y  se detuvo a descansar , aprovechando la sombra de los inmensos árboles de este parque . Al pasar a su lado  veo que ha dejado a sus pies dos bolsas plásticas  con víveres desde donde asoma una marraqueta de pan y una bebida . No son bolsas de supermercado, me digo,  sino de esas que dan en los negocios de barrios que hacen su agosto en estos días en que los supermercados están obligados a permanecer cerrados. Harry tiene arrimada su pata trasera a la base del tronco de un jacarandá y se dispone a marcar allí su territorio, después saldrá disparado as olisquear el pasto  del parque en busca de   otras presencias invisibles para mí. Yo camino detrás, buscando los senderos con sombra mientras voy  cimbrando la correa al compás de mi caminata. Este es  el momento de la vigilia, si aparece un perro más pequeño en el horizonte le doy un silbido  y lo llamo para que venga a mi lado, así puedo detener su ataque y evitarme los improperios que me llegarán al primer descuido.  En todo caso el parque está solitario , como si los padres que pasean a sus hijos pequeños, los amos que pasean a sus perros, los ciclistas , los adoradores del sol, los enamorados, los solitarios,  los vagos y los jardineros estuvieran  durmiendo todavía. Recién me doy cuenta de que la  que la mujer estaba restregando un pañuelo  en sus ojos, por debajo de los lentes. Un ojo ,primero, luego el otro. Podría ser una afección alérgica, especialmente si estamos en un parque lleno de especies que han brotado  con fuerza bajo el ciclo de  otra primavera,  pero, no;  la forma en que sostenía el pañuelo doblado en cuatro partes sobre su ojo izquierdo , con la mano izquierda, mientras con  la derecha levantaba la montura de los anteojos , tenía un aire de suspiro profundo , un aire de desolación y, al mismo tiempo, de dignidad . Harry  me está esperando en la siguiente curva del parque. Debo reconocer que tiene sus cosas este quiltro, como esta costumbre de no adelantarse tanto, de esperarme  y no alejarse por su propia cuenta, aunque  , si fuera humano, su actitud podría traducirse en una especie de “ya, pues , h…, apúrate…”.  No se ven otros perros, por el momento, así que me relajo un poco. Entonces se me hacen más  nítidos el rostro y la apariencia de la mujer que estaba sentada en ese banco, a la  entrada del parque , como si a la pasada le hubiese tomado una foto y ahora estuviera revelándola. Puedo ver las bolsas  a sus pies, entre dos zapatones de color café, puedo percibir  su desamparo; sin embargo no creo que se  trate de alguien que vive sola, más bien creo que tiene un esposo y que en estas fiestas recibió la visita de parientes, sus hijos, posiblemente, que a esta hora aún duermen mientras ella ha salido a comprar  lo que necesita para preparar el desayuno y las comidas del día , debiendo llegar hasta este barrio, donde hay un par de locales comerciales  abiertos todos los días del año.  Allí compró , le entregaron las bolsas y emprendió el regreso, pero algo le acongojaba el alma y no ha podido más,  le pesaron los brazos y le temblaron las piernas; un suspiro, primero, luego otros y , más atrás, el quejido desde donde provino el sollozo. Se detuvo, con ambas bolsas colgando de sus brazos  inertes  y vio la reja verde  abierta, vio el parque solitario y vio aquella banca debajo de un gran olmo. Se sentó allí para dejar que el dolor encontrara un cauce y brotaran las lágrimas, abundantemente, como otras veces que ha tenido que llorar a solas, en su casa, porque esta pena no es nueva. Las dejó salir libremente, primero, las enjugó  con el dorso de su mano, después, y las detuvo, al final, con el pañuelo doblado, presionando  sobre cada ojo, como sellándolos. Así lo hace  cuando empieza a volver la calma, cuando la crisis  cede y ella recupera uno a uno los sentidos alborotados en el  llanto .  Restriega sus ojos y se acomoda los  lentes . No debe notarse que ha llorado, nadie, en su casa, sabrá que estuvo un rato estremecida por los sollozos y que sus lágrimas rodaron sobre el plástico de las bolsas  ; nadie, menos un extraño  como éste que viene ingresando al parque con un perro  y que la  queda mirando, un instante, como si la reconociera.

 

 

No  sabemos cómo va a  terminar este nuevo movimiento por la educación  pública . Temo que pueda  terminar como otros,  con   millones de dólares que aumentarán el presupuesto “histórico” y engrosarán la burocracia. Desde las demandas iniciales ,  concretas y cercanas de los estudiantes , hasta lo  que se está discutiendo hoy, existe un gran trecho, tan lleno de vericuetos que cualquiera podría perderse en ellos. Sin embargo lo que parece haber al final   del camino es un nuevo verosímil que se instala para comenzar a desmoronar un conjunto de slogans y verdades del modelo neoliberal que nos fue impuesto sin que pudiéramos decir ni “pío”  y que terminó de instalarse con nuestra propia complacencia  : la educación puede ser gratuita  . Y si la educación puede  –y debe-  ser gratuita, cuánto más la salud y otros  derechos ciudadanos básicos. Eso es lo que aparece al final y es, ciertamente, subversivo. Por eso mismo es que contagia, porque tiene aires revolucionarios.  ¡Qué gran  paradoja que haya sido el primer Ministro de Educación de este gobierno el que acuñó el término “revolución” para referirse  a los  cambios que pretendía hacer , partiendo por la multiplicación de liceos  emblemáticos, a fin de marcar la diferencia con los gobiernos anteriores en los que sólo hubo una “reforma”  educacional ¡

El asunto se ha complicado y no es fácil de resolver. Mientras algunos buscan que ciertas cosas se deshagan para construirlas con un nuevo diseño, otros buscan hacer que parezca que se deshacen para que continúen  como estaban. Hay puntos que son claves y sobre los cuales es casi imposible que las partes lleguen a acuerdos que les satisfagan.

De ser posible, por ahora, podríamos considerar un gran avance  contar con una educación superior, técnica y universitaria,  gratuita  para los más pobres y con aportes de acuerdo a sus ingresos económicos para los menos pobres y los ricos  . Con una educación , tanto de enseñanza media como superior sin fines de lucro y con un organismo que analice la situación de cada establecimiento en particular, cerrando aquellos que no debieran seguir  funcionando por sus malas prácticas pedagógicas. Respecto a la desmunicipalización, podría haber flexibilidad para permitir que aquellas municipalidades que lo han hecho bien y quieran continuar,  puedan hacerlo      , en tanto aquellas que lo han hecho mal  y/o   no quieran seguir adelante,  traspasen  la educación a organismos competentes, algunos de los cuales pueden ser privados, siempre que no tengan fines de lucro. No me imagino, por ahora, al MINEDUC a cargo de todos los establecimientos. Leer Artículo Completo »

10
sep

Nueva novela de MIHOVILOVICH

   Posted by: francisco   in Sin categoría

 

Grados de Referencia,   novela de búsqueda.

 Autor: Juan Mihovilovich

LOM Ediciones 2011-273 págs.

GRADOS DE REFERENCIA  es  la última novela de Juan Mihovilovich,  publicada  recientemente por LOM ediciones y sobre la cual circulan ya algunos comentarios.  Varios de ellos le reconocen  cierta originalidad  al autor por insistir en una literatura   que ahonda en la condición  humana, en la sicología de las personas y el sentido de la vida  sin haber transado a cambio de tener más lectores y fama. Respecto de  la novela,   coinciden  en que nos muestra  al  dictador que cada uno de nosotros lleva dentro, avalando una frase del propio narrador en las primeras páginas.

GRADOS DE REFERENCIA no es  fácil de leer. Tiene una estructura atípica, donde no hay  diálogos ni personajes  que se desarrollen como en el común de las novelas.  Al igual que en su obra  anterior (DESENCIERRO),  el relato  se sostiene en una extensa  conversación entre el narrador y un supuesto receptor al que se  interpela  cada cierto tiempo con frases como   “mire usted”,” ¿usted cree en la amistad?”  ,  “…querido amigo”,  etc.  Esta actitud,  apostrófica, le permite al autor instalar a su personaje como  el único hablante, el que tiene  todas las ventajas de decir lo que quiere y  puede, además,  aclarar o profundizar a partir de hipotéticas preguntas del receptor. Las historias, noticias , personajes ,  episodios y  disquisiciones a que accedemos provienen únicamente  de ese hablante que nos cuenta partes de su vida, llevándonos por diferentes lugares  y tiempos,   teniendo siempre  a la Dictadura de Pinochet  como  oscuro telón de fondo . Allí convergen  seres y hechos, algunos endemoniados y tenebrosos, otros angélicos y luminosos. Sin embargo no es una novela de la dictadura. GRADOS DE REFERENCIA  es, fundamentalmente, una novela de BUSQUEDA que   recorre  permanentemente el ciclo  ilusión-búsqueda, encuentro-desilusión-ilusión. Leer Artículo Completo »

1
jun

El Padre Ignacio

   Posted by: francisco   in Sin categoría

 

I

Cuando volví a Curanilahue, después de mis años  en el internado y la universidad, tenía 21 años , un título de profesor  de “español”, un contrato para reemplazar al primer pedagogo que había tenido el liceo y, lo más importante, la promesa de casarme con Raquel, que se encontraba  a cargo de la biblioteca del liceo luego de una enfermedad que la hizo abandonar sus estudios y de una  estadía de casi un año en Argentina . Mi primer sueldo vino después de tres meses. Mucho dinero , entonces, que fue dignamente dilapidado, como lo ha sido cada moneda que desde entonces ha llegado a mis manos.  De allí surgió aquel abrigo , entre rojo y morado, largo y entallado, de un cotelé muy suave y anudado a la cintura, con una solapa ancha que estaba a la moda y que Raquel lució el día  de nuestra boda; porque en aquella boda no hubo traje blanco , ni  champaña, ni arroz sobre la cabeza de los novios ni padrinos cachos:  toda esa lesera no tiene nada que ver con el amore y e un insulto para lo pobresnos había dicho el cura Ignacio, con su voz  de cantante italiano, tropezando todavía con algunos artículos y formas verbales de una lengua que sólo había comenzado a usar hacía un par de años y que nunca pudo dominar del todo. Lo había conocido en la oficina parroquial después de que Raquel me pidiera que nos casáramos en la iglesia católica, pues ella pertenecía a ese grupo juvenil. Honestamente, me hubiese casado bajo cualquier  ceremonial, religioso o pagano, con tal de estar luego con la mujer  a la que amaba desde hacía cuatro años y con quien había tenido más cartas de por medio que caricias y besos. Así que me dejé conducir a la oficina del cura italiano del que tanto hablaban, uno que tocaba la guitarra, el acordeón y predicaba de manera diferente. “ Debe ser igual que todos los curas”, le dije a Raquel, para bajarlo del pedestal en que  lo tenía , y le conté que durante mi niñez había ido a misa hasta  los 8 años, cuando hice mi primera comunión,  y que  después no volví nunca a la Iglesia ni supe de curas ni monjas  porque mi madre debió preocuparse por el siguiente hijo , el que hizo su primera comunión dos años después y también dejó de ir a misa cuando ella debió preparar al siguiente,   hasta llegar al último y encontrar que ya estaba bueno y que había cumplido con su deber  de católica. Tampoco supe más de Dios, a quién volví la espalda una noche de espanto, rezando a Satanás debajo de las sábanas para que mi madre no  muriera aquel invierno en que la fiebre no le bajaba y yo di por hecho que  Dios no escuchaba  a los niños desesperados . La oficina estaba siendo atendida por Ana María, una monja  joven que ejercía un fuerte atractivo en el grupo de Raquel. Se veía claramente  que estaba feliz de prepararla para el matrimonio y curiosa por saber más del novio.  Un hombre alto y delgado entraba cada cierto tiempo a la oficina, tomaba algún papel y regresaba al interior de la casa parroquial. Ana María me miraba, adelantando en sus ojos una simpatía  que con el tiempo se convertiría  en  amistad. Quería saberlo todo del novio, mientras llenaba unos formularios. ¿Por qué quería casarme por la iglesia Católica?  El hombre dejó de revolver papeles y se giró hacia nosotros. Usaba unos lentes gruesos, llevaba una chaqueta  verde, estilo casaca de guerrilla, unos blujeans y zapatones, no pasaba de los 30 años. Puso sus manos sobre el escritorio de la monja y me miró, esperando la respuesta. La monja me dijo, “te presento al padre Ignacio”. Nos dimos la mano mientras él me decía “así que tú eres el famoso Pancho; mira que Raquel no hace más que hablar de ti”  . Mi respuesta estaba lejos de lo que él hubiese esperado; yo quería casarme  y Raquel quería que fuese por la Iglesia. El cura encontró lo que buscaba en el cajón del escritorio; unas hojas para su maquinilla de afeitar,  y se fue.  Después pasó lo de siempre, empecé a querer aquello que al comienzo había  despreciado. Había llegado a esas charlas pensando  “Ni este cura ni esta monja, con su pinta de hippies y su poder sobre los jóvenes , me van a convencer de sus huevadas” y después era yo el más interesado en ir a esos encuentros semanales  a los que ahora se sumaba el cura y donde las conversaciones iban por cualquier lado, menos por los del santo sacramento del matrimonio. Yo estaba descubriendo  un espacio potente para mi desarrollo , unos amigos diferentes y, de paso, estaba abriendo los ojos para ver lo que en verdad pasaba en el país en aquellos años iniciales de la dictadura  . A mi lado, tomada de mi mano, Raquel parecía  un poco ajena a las conversaciones que nos desviaban del propósito de casarnos luego. Nos casamos en una ceremonia como las que el cura siempre había querido hacer , pero que la tradición de los novios se lo había impedido hasta entonces.  Nos fue a visitar después ,  a las piezas que arrendábamos y donde habíamos establecido nuestro hogar. Iba siempre con  Ana María y allí continuaron las conversaciones, la amistad , las canciones, no sólo las que nos gustaban, sino aquellas  de cuna para hacer dormir a  Paulo, primero, y luego a Daniela, nuestros pequeños hijos, nacidos en los dos años siguientes. La Parroquia tenía un hogar para niñas y niños provenientes de los campos cercanos que aún no habían sido vendidos a la empresa forestal , dueña ya de casi toda la provincia de Arauco y que había convertido los predios de hortalizas y trigo en bosques de pino. La Parroquia  necesitaba un matrimonio que se hiciera cargo de  esos niños y niñas, acompañándolos tanto en su proceso formativo como en el apoyo escolar. No había sueldo y era una manera concreta de ser cristiano, nos dijo Ignacio; una manera concreta de estar con los pobres y ayudarlos. Después de algún tiempo decidimos irnos; creer en Dios era un asunto concreto. El hogar fue dirigido, en los hechos, por Raquel,  que estaba todo el día en aquel espacio compartido por una veintena de niños y adolescentes  hijos de campesinos y mapuches pobres y nuestros propios hijos, que fueron creciendo con ellos. Yo trabajaba en el liceo y mi aporte consistía más que nada en la presencia de la figura paterna y en la relación con los padres y las instituciones colaboradoras , además de tener un cupo en el  Consejo Parroquial que muchos envidiaban  y que a mí sólo me traía problemas y me  alargaba la jornada laboral , pues durante años debí realizar  clases en  las tres jornadas (mañana, tarde, vespertina), terminando muchas veces después de las 10 de la noche. En el liceo estreché mi relación con Ana María, que hacía clases de filosofía. Una vez preparamos juntos un trabajo sobre El Principito y a su puesta en escena invitamos a Ignacio , que no era una visita bien recibida por las autoridades del establecimiento debido a su conocida postura crítica al régimen  militar. Pero él no perdía ocasión de estar con los jóvenes, porque entendía que ellos podían ser una fuente de conocimiento y reflexión para el cambio que el pueblo necesitaba. Cada día yo descubría una faceta nueva en el sacerdote; su sensibilidad artística era clara, podía sintonizar rápidamente con el teatro, la música y la pintura. Las misas que realizaba eran una suma de estas artes.

Leer Artículo Completo »