(Pulse el indicador para escuchar a la orquesta, en vivo, en el Teatro Municipal de Santiago, 2002)
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.
“DECIAMOS AYER…”
Ocurre más o menos así : el poeta Fray Luis de León regresa a la universidad después de varios años de encarcelamiento por acusaciones injustas de la Inquisición. Sus alumnos y muchos curiosos van a escucharlo porque piensan que aprovechará el espacio para criticar a sus adversarios y reclamar justicia, pero nada de eso sucede; no hay espacio para el odio, nada de estar recordando los malos momentos de la cárcel, nada de hablar de sus enemigos malos, nada de seguir con el corazón lleno de amargura , simplemente está dispuesto a seguir viviendo hacia delante . El profesor-poeta-religioso inicia su clase como hacen casi todos los profesores , diciendo más o menos así ; ”como estábamos diciendo…”, o “como decíamos en días pasados” (Normalmente la traducen desde el latín como “decíamos ayer”). Recuerdo una de las preguntas que le hacía a mis alumnos -para ayudarlos- en las pruebas de literatura española : “Indique cuál es el significado de la Frase “dicebamus hesterna die” , de Fray Luis de León, y explique en qué contexto la formula”. Si no lograban dar con el contexto ni con el sentido de la frase podían salvar la nota recitando algunas estrofas de este calibre :
“A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada”
Aunque no lo crean, casi todos respondían bien y , de yapa , me recitaban entera la oda a la VIDA RETIRADA. Después, como premio a tanta sensibilidad estética, entrábamos a las odas de Neruda y cerrábamos esa unidad escribiendo nuestros propios poemas. Puedo entender que no me crean, porque esto pasaba en un sala de más de cuarenta alumnos en un liceo municipalizado de un pueblito pobre de la octava región , o sea en uno de esos lugares donde -según los especialistas – los alumnos pobres tienen una educación de tan mala calidad que están condenados a seguir siendo pobres ( a propósito, en el Libro de Visitas hay un saludo de Albercio, un exalumno de esos años en el que hace referencia a Fray Luis ). De modo que , sin traer al corazón , sin “re-cordar” los momentos ingratos de la historia que estoy contando , sigamos con lo que veníamos diciendo “ayer” : en las salas del CADEP, improvisado conservatorio de música de Curanilahue, los niños y niñas sacaban los primeros sonidos de sus instrumentos coreanos , sonidos que parecían maullidos y que contraían los músculos faciales de quienes los escuchaban en una especie de rictus ácido que poco a poco se deshacía y dulcificaba hasta transformarse en una semisonrisa adivinatoria : “estamos haciendo algo distinto que puede tener un impacto insospechado”.
Las salas del CADEP –centro comunitario parroquial donde iniciamos el proyecto- se hicieron chicas y nos fuimos al liceo, pero no fue fácil la llegada ¿qué tenía que ver la orquesta con el liceo? Los niños eran de las escuelas, ¿no debían estar ensayando en una escuela, entonces? Pero la coordinación, la “gestión” del proyecto se hacía desde el liceo. La municipalidad dejó en manos del departamento de educación la “administración” del proyecto. Afortunadamente el jefe de educación no tuvo reparo en dejar que Américo y yo administráramos, pues éramos los autores de la idea, los que sabíamos adónde queríamos llegar y los que teníamos las motivaciones y energías para sumar fuerzas detrás de la orquesta. Un par de años después parecía estar arrepentido. El paisaje del pueblo empezó a cambiar. Niñas y niños iban a sus ensayos y volvían a sus casas con los instrumentos colgando de sus hombros o a manera de mochila. Los cellos eran más grandes, así que muy pronto esos ingeniosos que se pasan tardes enteras parados en la plaza denominaron “ninjas” , en honor a una serie de monos animados, a los pequeños aprendices que llevaban en sus espaldas estos enormes instrumentos . Claro que antes de llevar visiblemente colgados estos instrumentos, los niños los ocultaban. El instinto les decía que había que irse con cuidado. Curanilahue podrá ser un pueblo sensible a las artes, pero es muy machista, y las familias intuían que a sus hijitos varones los habitués de la plaza podrían molestarlos por andar con esos violines que parecían más propios de niñitas. Recuerdo haber presenciado una escena sobre este tema, aunque no con los músicos. Cerradas las minas, sólo quedaron algunos pirquenes extrayendo carbón en artesanales carros y en pequeñas cantidades, pues el alicaído mercado apenas pagaba los costos de la producción. Yo había llevado a unas personas a conocer uno de esos pirquenes, cerca de Plegarias. Un grupo de muchachos pirquineros de entre 15 y 18 años llegó a la superficie empujando uno de esos carros. Era temprano y por un camino aledaño pasó un camión con una veintena de jóvenes de similar edad . Los llevaban para arreglar un camino interior en uno de esos proyectos de “reconversión laboral” que se crearon para combatir la cesantía que produjo el cierre de las minas. A la pasada, los grupos alcanzaron a mirarse y medirse. A medida que el camión se alejaba del pirquén, los muchachos ,que parecían viejos con los rostros ennegrecidos por el carboncillo, les gritaron : “vayan a hacer trabajo de hombres, maricones”. Las carcajadas de los orgullosos pirquineros se fueron detrás del camión. Los improvisados arregladores de caminos ni siquiera contestaron , en el fondo de sus corazones sentían que ese nuevo trabajo no les daba la dignidad que podía darles el trabajo en las minas. Pero esa es otra historia. Lo que importa es que fueron indulgentes con los pequeños músicos que tímidamente empezaron a ir a los ensayos y volver a sus casas con los instrumentos a la vista. Los instrumentos continuaban sonando en las casas, algunas tan pobres que las delgadas paredes no podían detener las voces altas de los violines ni las graves de los cellos ; así que las melodías se iban cerro arriba y cerro abajo, el viento las encaramaba a las techumbres de cinc o las arrastraba por las veredas donde el residuo de barro de las interminables lluvias esperaban secarse y convertirse en minúsculas partículas que el viento helado de septiembre habría de llevarse en medio de sus remolinos. “Cuando entra un instrumento a un hogar de Curanilahue, entra la cultura, entra la belleza. Y afecta a toda la familia…” , decía Américo Giusti a los primeros reporteros que llegaron a investigar el creciente rumor de aquel extraño fenómeno. Y entre todos explicábamos que esos niños provenían de las escuelas municipalizadas y eran hijos de esforzados pirquineros, trabajadores del bosque, auxiliares , administrativos del servicio público, profesores. Estas familias comenzaron aportando diez mil pesos mensuales para apoyar el proyecto en los costos de operación y completar los recursos para el pago de honorarios de los maestros; un alto costo dados sus bajos ingresos. Al tercer año ya no necesitaban hacer aportes. Américo había generado un equipo de profesores para la orquesta que viajaba regularmente de Concepción , él era el líder y ya se había dado cuenta de que no teníamos tiempo ni recursos para formar una orquesta sinfónica ; nos dijo que debíamos formar rápidamente una orquesta de cuerdas e impactar con ella a nivel nacional en un par de años para hacernos conocidos y conseguir los recursos que necesitábamos; posteriormente podríamos volver a la idea de una gran orquesta . La tarea era alcanzar rápidamente un “producto” si queríamos entrar en la lógica del “mercado”, lo cual era casi vomitivo para nosotros , que habíamos empezado a estrechar nuestra relación a torno a un casual descubrimiento : ambos amábamos la poesía de Jorge Teillier.

Leer Artículo Completo »