Archivos de 2008

19
Dic

NAVIDAD

   Posted by: ferruiz   in Sin categoría

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Si Cristo no nace en ti, nunca será Navidad”. Las palabras de aquel sacerdote al que seguíamos por bosques y quebradas para oírlo hablar de este mundo y del otro   siguen apareciendo  en mi memoria cada vez que se vuelven a encender las luces de la fiesta navideña. Aparecen , también,  aquellas  luciérnagas que iluminaban el callejón oscuro del Hogar Campesino  por donde habría de venir el viejo pascuero a dejar un  regalo para mis hijos pequeños   que lo esperaban con sus caritas pegadas al vidrio de aquella ventana que daba al callejón. Ellos deben recordar aquella mentira como yo recuerdo aquel rastro de lucecitas amarillas deshaciéndose a  media altura  por entre las cercas de madera.  De alguna manera, cada Navidad abre las memorias: la del olfato, con aquella explosión  de olores ocres que deja el papel de  regalo precipitadamente roto; la del gusto, con su sabor a pasas y frutas confitadas; la de de la nostalgia, con los rostros de las personas que alguna vez estuvieron en torno del árbol navideño , y otra vez la del olfato, con aquel  olor perfumado de resinas desprendiéndose permanentemente de las ramas del  pino pascual para regresar al bosque de  donde había sido arrancado con un golpe de hacha.

Quiero saludar a todas las personas que estuvieron leyendo estas páginas, personas amigas , conocidas, parientes y desconocidos  que por esos caminos raros terminaron conversando conmigo, a la distancia, o  “escuchando”  estas historias de sobremesa . Algunos , desde países lejanos; otros, de más cerca, pero igualmente lejos.  A cada una de estas personas  les envío mi saludo  y mi deseo de una feliz Navidad junto a quienes aman o junto a los recuerdos que más aman. Para todos y todas un fraternal deseo de Navidad.

 “FELISA, ME MUERO”

Hasta que murió mi madre, teníamos la costumbre de reunirnos en la casa paterna para esperar el año nuevo. Allí nos juntábamos hermanos, cuñados, sobrinas y sobrinos.  Los primeros años, nuestros pequeños hijos se encargaban de  poner  el llanto en el momento del discurso del dueño de casa o reclamar el pecho materno justo cuando había que dar los abrazos. El primer día del año,  cuando queríamos dormir un poco más, empezaban los cambios  de pañales ,  la primera papa del día y  la crema para las picadas de zancudos. Pero los niños crecen, tanto que  algunos años  después  hacían  desaparecer como por arte de magia los aperitivos y nuestros cigarrillos. Al día siguiente no había quién pudiera sacarlos de la cama antes del almuerzo. Yo le decía a mis hijos, cada víspera de año nuevo, que iríamos  a  la casa de sus abuelos ; seguramente  querían pasar esa fiesta en compañía de sus amigos o simplemente les molestaba que se dispusiera de ellos , pero más de alguna vez  se opusieron a ser sujetos de una tradición que no entendían y que no compartían. Contaban con la complicidad de su madre , que hubiese preferido quedarse en casa o hacer algo distinto a lo que venía ocurriendo desde que se casó. Puesto entre la espada y la pared, yo apelaba a mi último recurso: “ustedes saben lo enfermo que está su abuelo, tienen cáncer. Quizá ya no lo veamos el próximo año”.  Allí terminaba la discusión, las caras largas asumían que las cosas seguirían igual. Hacían sus mochilas y  tomábamos el bus.  Ahora mis hijos y mi esposa suelen reírse de mí por esa abierta manipulación y porque mi padre sigue vivo; de paso me cobran la falta de democracia, porque no les preguntaba si querían ir.  Llegábamos en patota a la casa de mis padres, Las Margaritas 106. En medio de la algarabía del año nuevo,  mi madre hacía sonar la campana en el patio de aquel huerto, algún chusco disparaba al aire unos escopetazos , los más jóvenes reventaban unos  fuegos artificiales  que palidecían de envidia ante la tronadura de los fuegos que lanzaban nuestros vecinos. “La abuelita va a recitar los versos del año nuevo”, decía alguno, francamente enfiestado, y nos hacía callar para que mi  abuela  iniciara aquellas largas rimas que hablaban de una discusión entre el año nuevo y el año viejo ; el año que se iba era un viejo de  bigotes de cola de zorro que había matado a tres presidentes. En los últimos años era una suerte que la pobre vieja le apuntara a los versos del año nuevo y no saliera con algunas décimas sobre el dieciocho de septiembre, perdida ,como andaba , en los vericuetos de la memoria o inducida al error por algún sobrino chistoso  .  “Feliz año nuevo”, me dijo uno de mis hermanos, pero con tantos brindis en el cuerpo le salió una especie de “fisyanomuevo“.  Mientras nos reíamos de aquello, otro de mis hermanos contó una historia: es la noche de año nuevo, se escuchan algunas celebraciones en la calle. Un pobre viejo enfermo se incorpora a duras penas en su lecho y grita con su su último aliento  : “Felisa, me muero”. Desde la cocina,  su fiel esposa  , Felisa, le reponde  con voz tierna : “Para tí también, viejo, un feliz año nuevo“.  Desde ese año, dábamos  los abrazos como en el cuento: “Felisa, me muero”.

 Ya no celebro el año nuevo con tanta gente. Ahora  esperamos el año nuevo en casa, con nuestros hijos y mis suegros. Es una rutina familiar y grata. Después de los abrazos, no hay mucho más que hacer. Mis hijos se aburren un poco y yo necesito irme a dormir.  Supongo que si seguimos por este camino llegará un día en que  tendrán hijos y esos hijos llorarán a la hora de los abrazos; sus jóvenes padres  querrán que se callen para que no molesten y  yo diré que no molestan para nada, que cómo se les ocurre; los niños crecerán y alegarán con sus padres para que los liberen de esa maldita tradición de ir a la casa de los abuelos a pasar el año nuevo. Todo es un ciclo permanente. Todo pareciera estar escrito, y sin embargo no renuncio a la ilusión de que algo nuevo pudiera  escribirse. En medio de las campanadas, escopetazos de la memoria, descorchamiento de la champaña televisiva  donde  todos cantan nostálgicos aquella cumbia de “…un año más que se va…” , en medio de todo eso, digo, todavía  no renuncio a la ilusión de que tal vez la magia existe y que el próximo año vendrá lleno de cosas buenas.

Por ese instante mágico  y deseándoles cosas buenas, les abrazo y les deseo un “felisamemuero”.

Pancho

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22
Sep

AMORES QUE MATAN (Cap.1)

   Posted by: ferruiz   in Sin categoría

mujer-fatal.jpg“Porque amores que matan nunca mueren”  (J. SAbina)

  I.- BIKINI BLANCO

Ahora se quitará la parte superior de su bikini blanco y me preguntará si me gustan sus pechos. Yo recitaré los versos del antipoeta:

-“¿Cómo no van a gustarme los senos”?

Sin haber leído a Parra , ella dirá:

-“Entonces tócalos, aprovecha la ocasión”

Pasarán varios segundos, el sol arderá en el mediodía y la arena caliente quemará los dedos de mis pies descalzos. Sus pechos serán duraznos frescos y olorosos desafiándome erguidos.  Y durante esos segundos, que bien pudieran ser minutos, pensaré en los juramentos hechos a mi prometida bajo el cielo del atardecer; pensaré después en el sabor de estos duraznos mientras con un golpe de cabeza echará hacia atrás su larga cabellera rubia, girará y caminará hacia las olas dejándome a la vista sus anchas caderas, sus fascinantes movimientos reverberando en la arena, culebra del desierto, justo cuando el sol  ardiente se me vuelve bruma mientras voy cayendo semi-inconsciente por el exceso de calor, o por las cocacolas tibias, o por los dos lucky sin filtro en ayunas o por la revelación culposa  que me acaba de indicar que  no habré de perder mi virginidad en las sábanas blancas del lecho nupcial , sino en esta desolada playa de Pingueral , con esta rubia a la que prácticamente desconozco y que ahora viene de regreso haciéndome festivas señas con el calzón de su bikini blanco en la mano izquierda.

II.- ELLA

Ella tenía mi edad, pero se veía mayor. Su larga cabellera oscura hacía relucir su blanca piel, su nariz, su fina boca. Yo era un adolescente tímido, con el rostro curtido de espinillas, en un vecindario donde todos sabían, a ciencia cierta, que estaba perdida y  silenciosamente  enamorado de ella. La primera vez que estuvimos a solas sus serenos ojos dulces llegaron hasta el fondo de mi escuálida miseria, invitándome a declarar tal devoción, pero las palabras no salieron de mi boca. Ella  me sonrió, compasiva, y yo  dije, calladamente,  “Oh, Dios mío, regálame otra oportunidad”.

Y la oportunidad me fue concedida  quince largos años después.Ella tenía mi ficha clínica en su mano izquierda , mientras los tibios y delgados dedos de su mano derecha recorrían mi estómago y caderas. El delantal blanco hacía relucir aún más su cabellera oscura y marcaba sus exquisitas formas. Yo no sabía que era ella ; ella  sabía que era yo. Sus dedos palpaban ahora mi rostro, y cuando sus serenos ojos dulces regresaron de viajar por mi ruinosa desnudez, la descubrí . Quise hablarle, pero ella puso su dedo índice en mis labios, invitándome a guardar silencio. Entonces dije, calladamente,  “Oh, Dios mío, ¿por qué me hiciste tan vulgar?”

Tengo la certeza de que volveremos. a encontrarnos. Sus cabellos tendrán las naturales hebras blancas de una naciente vejez que la hará lucir aún más elegante. Su cuerpo seguirá siendo grácil y a su paso seguirá dejando aquella estela de barco nuevo recién botado al mar. Y yo diré, en voz alta,  “Oh, Dios mío, no es verdad que los seres  humanos nacemos todos iguales, es mentira toda esa huevada”.

31
Ago

Serie Grandes chilenas: MARIA BURDILES

   Posted by: ferruiz   in Sin categoría

Lo más probable es que a pleno sol, montada en su caballo, con sombrero de alas anchas, vestimenta de vaquera y su pistola al cinto, doña MARIA BURDILES nunca oyó hablar de feminismo,  femicidios ni de paridad. Tampoco pudo imaginar que muchos años después la chilena Elena Caffarena conseguiría que las mujeres votaran por primera vez  para elegir a sus autoridades. Perdida en las montañas de Nahuelbuta, entre Los Alamos y Nacimiento, apenas atinó a reaccionar por instinto ante cada una de las amenazas que a diario debió enfrentar, desde que fue una niña pobre , de familia campesina, lejos de la civilización.   ¿Independista o pendenciera? ¿Feminista o machista?¿ Revolucionaria o ambiciosa?  
Doña María Burdiles nació en el seno de una familia pobre que cuidaba tierras sin medida de ricos desconocidos que las habían comprado a precio de ganga  en alguna oficina de la capital, cuando los mapas  y los negocios eran aún menos transparentes que hoy. Los dueños ni siquiera conocían sus tierras; pero, una vez al año, el padre de Doña María debía bajar al poblado de Los Alamos con un arreo de animales y quesos que dejaba como ofrenda en manos de los representantes del patrón. Seguramente , cuando era adolescente , ella lo acompañó en algunos de esos arreos; era diestra en el manejo del caballo y entre chiflidos y rebencazos no hubo animal que osara salírsele del piño.  Conoció el duro oficio campesino, pero jamás entendió que las tierras casi nunca son de aquel que las trabaja.
María BurdilesPor eso un día se quedó con ellas; y en aquellos parajes,  donde casi no habitaba un alma, los carabineros no pudieron quitársela ni a tiros. Por último, cuando casi lo lograron, recibió la ayuda de  cuatreros que pasaban por allí  con un contrabando de animales. A  merced del fuego cruzado, los carabineros optaron por emprender la retirada y no volver a las montañas.
Tuvo fama de amazona, amante y pendenciera. Alta,  fornida y de carácter duro,  se casó con un hombre debilucho y pequeño del que nunca estuvo enamorada. No se sabe si estuvo legalmente casada, lo que sí sabemos es que los hijos que tuvo no llevaron el apellido de aquel padre . Posiblemente lo encontraba poco digno de su descendencia, por eso los apellidó Burdiles. Y más tarde continuó dando su apellido a otros niños huérfanos que recogió en los campos pobres de la cordillera. 
 Doña María Burdiles infundía temor y respeto entre sus parientes. Un sobrino suyo, Francisco Burdiles, administró muchos años después un campo por aquellos lados. A veces ella llegaba a visitarlo. Desde las trancas gritaba para que vinieran a abrirle el paso. No se bajaba del caballo ni aceptaba que un peón del fundo viniera a abrirlas. Exigía que fuera su sobrino, en persona, y después lo apartaba con el rebenque, azuzando su caballo hasta la entrada de la casa.   Generosa, repartió animales y parte de sus tierras no sólo a su familia. Había trabajado con entusiasmo y fiereza . El número de animales que pastaban en sus campos se había multiplicado. Algunos dicen que parte de esos animales provenían de los bandoleros que cultivaron con ella una amistad después de tanto ir y venir por esas cumbres con ganado ajeno. Era de genio rápido:  cuando alguien se enojaba , en mi familia materna, solían decir  “ya se enojó doña María Burdiles” 
Yo escuché hablar de ella por primera vez cuando llegué al  internado de Concepción. Al pasar lista, un viejo profesor de artes se detuvo al ver mi apellido materno. Me preguntó si yo vivía en Los Alamos o en Caramávida. Contesté que no, pues no conocía esos lugares. “Pregúntale a tu mamá”, me dijo. A la semana siguiente el profesor pasó lista y se detuvo otra vez frente a mi nombre.
-¿Y, qué dijo tu mamá?, preguntó.-Dijo que su familia venía de más arriba de Caramávida, señor – respondí.-Entonces yo conocí a una pariente tuya que seguramente era tu tía abuela, dijo,  sonriendo satisfecho. -Fíjate que  cuando era muy niño visité el campo que tenía mi abuelo en la cordillera, más arriba del río Caramávida. Hasta allí llegó una mujer a la que todos miraban con respeto y temor. Se vestía como pistolero y llevaba un rebenque colgando de su mano. Nunca se bajó del caballo, conversó con mi abuelo y él le ofreció una jarra de vino tinto con harina tostada. que ella se empinó y bebió de una sola vez. Después lanzó al suelo  el concho del la jarra  jy se la devolvió a mi abuelo ; alisó el ala de su sombrero , le dio un apretón de mano y salió galopando.  Le pregunté a mi abuelo quién era esa mujer tan grande. Me dijo : Es doña María Burdiles.

(nota : a manera de ambientación , les invito a escuchar una versión preliminar de “María Burdiles”, de Petit Bouchet  )

[audio:maria_burdiles.mp3]
30
Jul

SERIE GRANDES CHILENOS: Fermín Fierro

   Posted by: ferruiz   in Sin categoría

Grandes Chilenos

FERMIN FIERRO LUENGO 

Televisión Nacional está presentando la serie GRANDES CHILENOS. De por medio hay votación del público y, finalmente, un ganador. He visto los dos primeros capítulos, y me ha complacido que la televisión ofrezca, de vez en cuando, historias edificantes que muestran que cuando hay un sueño en el corazón, nada es imposible;y, al mismo tiempo, que nada es posible sin sacrificios. Más allá de la discusión inútil sobre quién es el mejor, las semblanzas que se han elaborado sobre sus vidas me han hecho pensar en otros GRANDES CHILENOS que he conocido.

Cuando éramos niños, mis hermanos y yo vimos muchas veces a los adultos realizar solemnes brindis a la salud de un personaje muy importante en Curanilahue. Estos ritos se realizaban, preferentemente, al interior de las bodegas de vino. No había botillerías en el pueblo, sino lúgubres bodegas impregnadas de un olor a vinagre, donde se acumulaban las pipas y garrafas de vino . En la parte alta de estas piezas , unas estanterías semi-vacías lucían unas pocas botellas de licor, por lo general anís, menta y cacao, además de algunas polvorientas botellas de vino “filtrado” , que esperaban ser despertadas de un largo sueño. Por lo general los parroquianos solicitaban unos vinos delgados y agrios denominados “pipeños”, que llegaban de Santa Juana, Quillón o Guarilihue. El personaje importante era el Diputado Fermín Fierro Luengo, que en sus visitas a la provincia de Arauco se contactaba con sus electores de manera directa, estuvieran donde estuvieran. Así que cuando ingresaba a una de estas bodegas, los hombres que allí bebían y conversaban hacían un alto para saludarlo, llenar sus copas , hacerlas chocar , levantarlas y llevárselas a la boca, diciendo en voz alta : “A Don Fermín”. Después del brindis él pasaba a ponerlos al día en las informaciones de la situación política. Esa imagen  quedó grabada en nuestras  memorias y sirvió para que hiciéramos así los primeros brindis de nuestra adelantada juventud.

Recuerdo a Don Fermín en esa época. Con mis hermanos , vestidos de pantalón corto, íbamos a la misa del mediodía , algunos domingos. En la época de verano , pasábamos a la Fuente de Soda de Don Manuel Rodríguez a comprar un helado. Algunas veces vimos allí a Don Fermín, conversando con el dueño; en otras ocasiones estaba cerca de su casa, a una cuadra de la plaza, en las afueras de la sede del Partido socialista, del que era miembro y fundador. Se vestía de manera impecable , por lo general con trajes azules, y en su mano derecha tenía , casi siempre, el periódico. Yo tenía 11 años y él estaba iniciando su segundo período de Diputado por aquella zona. Antes, en la época en  que mi madre me trajo al mundo, él ya había sido Alcalde de Curanilahue.

Don Fermín provenía de la cordillera de Nahuelbuta, de un lugar cerca de Contulmo. De origen humilde, él y su familia trabajaron para patrones que en algún momento los dejaron botados a la vera del camino, con los bultos escasos de la pobreza y sin saber qué hacer. Vino la desbandada y a él le tocó irse con unos parientes que le dieron cobijo a cambio de quehaceres del campo. Entre mandado y mandado se las ingenió para aprender a leer. El maestro, un viejo profesor cuyo nombre pudo ser Arsenio, visitaba con frecuencia el bar de sus parientes, y allí el niño aprendió los rudimentos de la lecto-escritura y los siguió puliendo por su cuenta.. Después se independizó; convertido en un joven atlético y fuerte ingresó a las cuadrillas de peones que cargaban con maderas nativas de los bosques de Nahuelbuta los carros del ferrocarril que las llevaban  a los puertos de San Vicente y Talcahuano. La depresión económica lo llevó a emigrar a las minas de carbón de Plegarias y Curanilahue. Para entonces ya mostraba dotes de líder , además de coraje: se fue con su novia, a quien raptó, para casarse con ella a escondidas.

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2
May

JORGE TEILLIER

   Posted by: ferruiz   in Sin categoría

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A propósito de las recientes lluvias , he vuelto a leer la poesía de Jorge Teillier, mi poeta favorito. Leo poesía desde mi época de alumno interno. Los libros me salvaron , en parte, de los dolores de la adolescencia. Primero fueron las novelas.  Mis compañeros mayores  hacían circular  de manera clandestina las revistas pornográficas de moda, sin imaginar que  para entonces yo había descubierto a un selecto grupo de autores en cuyas páginas  se describían escenas eróticas que harían palidecer los cuerpos desnudos de las manoseadas revistas. Afortunadamente tampoco lo imaginó el viejo bibliotecario , de modo que  en las estanterías de aquella sala me encontré un día con los poetas.  Machado fue el primero que llamó mi atención, ( “Una tarde parda y fría  de invierno los colegiales estudian ; monotonía de la lluvia tras los cristales”) , luego vino Neruda.  Qué libro aquel  de los veinte poemas; de carne y hueso, capaz de pasar de un verso erótico ( “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos...”) a otro  melancólico  ( “por qué se me vendrá el amor de golpe cuando me siento triste y te siento lejana“)  . No resistí aquello. Tenía 17 años y poca plata en el bolsillo, pero compré aquel libro para regalarlo a mi polola y estuve a punto de no entregárselo.  Seguí leyendo a Neruda hasta enfermarme con  Residencia en la Tierra, uno y dos (tango del viudo, no hay olvido, walking around).  Nicanor Parra me sacó de la  y angustia y me empujó a la claridad de sus antipoemas. Por ese camino fue que un día me encontré con los versos de  Teillier , escuché  su tono familiar y vi aquellas imágenes que me cautivaron para siempre. Fue como encontrarme con un hermano mayor que regresa a casa después de largo tiempo y esa primera noche, en la intimidad del cuarto,  me  cuenta las cosas nuevas que ha visto. Y me las cuenta usando las mismas palabras que conocemos desde niños, con esos giros y códigos que sólo la familia conoce, de manera que puedo sentir que también he vivido esas historias.  Me asusté, también,  porque encontré que mi poesía se parecía un poco a la suya  .¿Cómo podía ser,  si era la primera vez que lo leía? Leer Artículo Completo »